Me ocurrió en La Plazuela. Fui a cumplir un favor que necesitaba alguien que no podía ir. Un beso en sus manos, una oración, y el deseo de siempre. Llegué tarde; allí ya no se cabía. Saludé al personal, y me marche de allí, dejando a mis espaldas un retablo de Sentencia, y a los pies, una corona de oro que hace años fue de flores.
Delante mía junto a mi coche, un corrillo de sillas de playa, con rohetes coronando la cabezas de esas mujeres que un día fueron niñas se cruzó en mi camino. Y en segundos saltó la chispa.
- "Niño, venga, quita el coche de ahí, que te lo va quitar la grúa."
- "Tranquila señora, que hoy aquí no creo que venga, y por cierto.. ¿qué hacen ustedes que no van a misa?"
A lo que me respondió la más anciana, con el arte más grande del mundo:
- "¿A misa?... ¿Te parece poca misa verle esa cara todo los días?"
Y se acabó, y me monte en mi coche, y allí se quedaron ellas, con el tiempo enredado en sus rohetes, viendo pasar la vida... y a la gente... a la gente como yo que va de paso por allí.
Diga que si señora... que no hace falta misa si le ve usted todo los días su cara. ¡Arza!