La vida tiene estas cosas tan feas, ante las que no podemos hacer nada. Tan solo llorar y en los escasos momentos de confortación, dar gracias a Dios por los años vividos.
Eran cerca de las dos de la tarde, cuando recibí la llamada de Fernando Pérez. La noticia me heló los vientos y apagó los soles. Manolo Bernal se ha muerto. De repente. Sin esperarlo. Un palo de los que duelen de verdad.
Y a partir de ahí, a contarle la noticia a los demás. Todos incrédulos. Como yo. Como todos.
Porque Manolo era un tío extraordinario y una de esas personas a las que gusta encontrarte de vez en cuando, en cualquier rincón. El último, la Plaza de San Juan de Dios el domingo pasado, viendo a la Patrona de Cádiz regresar a Santo Domingo tras el Corpus. Como siempre fue un encuentro de abrazos sinceros. De risas. De comentar la última jugada, en este caso la de su amadísima Esperanza Macarena.
Como siempre me preguntó por mi gente y me volvió a contar cuánto echaba de menos a mi padre.
Un compañero de micrófono en Cope Cádiz y en Cope Sevilla, que además fue amigo en las cofradías y en el Rocío, con quien compartí hace años casa y ronquidos, en aquellas cuadras dormitorio que tanto sabían de las horas de cansancio y sueño.
Maldita llamada de Fernando a eso de las dos. Maldita noticia y maldito el cierre a una temporada que empezó mal y que acaba igual de mal.
Ya te echamos de menos, Manolo. El único consuelo es que ya estás cara a cara con Ella, para poder preguntarle por eso de las pestañas que le pusieron el otro día.
Descansa en Paz, amigo.
