''El sentido del ayuno, en el Miércoles de Ceniza''

18/02/26 Cofrademanía Andrés Pérez Montilla

"Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, servidores del Señor, y digan: ten compasión de tu pueblo y no cierres, Señor, los labios de los que te alaban. (Jl 2, 17; Est 4, 17)"

Queridos hermanos:

Este miércoles iniciamos la Santa Cuaresma. En tiempos de San Gregorio Magno se inauguraba en Roma, en el miércoles de la semana de Quincuagésima (50 semanas antes de la Pascua) la Santa Cuaresma. Desde el siglo V, y quizás antes, este día marcaba, además, el inicio de la penitencia canónica. Los pecadores se presentaban ante los sacerdotes de las basílicas patriarcales y diversos títulos de la ciudad, confesaban sus pecados y, si estos habían sido graves y públicos, recibían un cilicio cubierto de ceniza, retirándose a alguno de los monasterios de la Ciudad Eterna esperando la ansiada reconciliación en la mañana del Jueves Santo. En otros lugares, los penitentes cumplían la penitencia en sus casas.

Con la disminución de penitentes públicos y la decadencia de la penitencia canónica, probablemente hacia el siglo X-XI, el rito de la imposición de la ceniza pasa a extenderse a todos los fieles, incluidos el Papa y el clero, quienes hasta entonces habían estado exentos debido a su altísima dignidad. Con la mayor devoción y recogimiento, los cristianos acudían a imponerse la ceniza en recuerdo de su condición frágil y como preparación al ayuno cuaresmal, principal signo ascético de este tiempo litúrgico. De este modo, este rito pasó a convertirse en signo penitencial común de toda la Iglesia.

El código de derecho actual, en su canon 1249, establece que todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos […] Los cánones 1251 y 1252 señalan el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo como días de ayuno y abstinencia, extendiéndose la abstinencia de carne a todos los viernes de Cuaresma, salvo que coincida alguna solemnidad.

El mismo código explicita que la ley de abstinencia obliga a los mayores de catorce años, mientras que la del ayuno, a todos los mayores de edad hasta los cincuenta y nueve años. Según las normas de la Conferencia Episcopal Española (21 de noviembre de 1986, «Boletín de la Conferencia Episcopal», n. 16, 1987, págs. 155-156), el ayuno consiste en una sola comida al día, sin que se prohíba tomar algo de alimento por la mañana y por la noche, respetando las legítimas costumbres en cuanto a cantidad y calidad.

Es imprescindible saber que, el ayuno del Miércoles de Ceniza, no se propone como una mera observancia, sino que se trata, ante todo, de una vía para configurarnos con la cruz, una invitación a vencer al demonio y un camino para entablar contacto directo con Dios. Así pues, la oración se configura como la principal actividad cuaresmal, la cual se ha de ver sublimada con obras de caridad y el perdón generoso. Tales prácticas tienen como finalidad ayudar al fiel a sentirse acompañado en la negación de sí mismo, para que, como poderoso ejército cristiano, nos alcemos, todos juntos, contra el enemigo.


Ya en su tiempo, los Santos Padres exhortaban a los cristianos a no reducir la Cuaresma a una mera manifestación externa de ascesis, superficial o emotiva, sino a comprenderla como una llamada a la revisión interior: examinar dónde nos encontramos, qué buscamos realmente y qué hemos entendido acerca de lo que significa ser cristiano. Si el Miércoles de Ceniza nos recuerda nuestra fragilidad, el Idomingo de Cuaresma, con el relato de las tentaciones del Señor, nos sitúa ante una verdad esperanzadora: con la gracia y los medios que Cristo nos ha dado, es posible vencer la tentación. La cuestión, por tanto, ya no se reduce a si podemos, sino a plantearnos: ¿lo queremos leal y sinceramente? 

La Cuaresma es, por tanto, un tiempo en el que el cristiano ha de poner, de un modo especial e insistente, la mirada en la esfera divina, con la esperanza de que es posible renacer, de nuevo, del agua y del Espíritu. Se trata de prepararnos, desde la convicción y la honestidad, para vivir también en nosotros el misterio de la Pascua del Señor, meta y plenitud de nuestra vida.

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