'Fabricio' por Marco Antonio Velo García

08/10/26 Cofrademanía Marco Antonio Velo García

En la fugacidad -grácil- de un parpadeo. In ictu oculi. Visto y no visto. Pero sin el simbolismo esquelético de Juan de Valdés Leal. ¿Nos la prometimos muy felices desafiando in albis los cangilones de las vueltas -y las volutas- de la vida? Apenas un año ha -antier como quien dice- dediqué mi sección de Diario de Jerez -concretamente el 24 de septiembre del año de Gracia del Señor de 2025- a honor y rendido tributo del siempre humilde mercedario Fabricio. Suscribí entonces -teclazo va, teclazo viene-, con firme convencimiento -el mismo cuyo adarme sostengo y mantengo hoy a pies juntillas-, que los astros se alinearon en aras de los cristianos jerezanos: a no dudarlo recayó sobre el devenir de la ciudad ‘La buena estrella’ -tal el título fílmico de Ricardo Franco-. Con Fabricio Kamgang Toumeni el Señor quiso premiarnos. Me enganchó/atrapó su bonhomía y su carisma evangelizador durante aquella mañana -¡ay, “estos días azules y este sol de infancia” tan de Antonio Machado!- de visita de varias clases del colegio ‘El Cuco’ a la basílica de nuestra patrona. Supe de buena tinta que a mi hijo Marquito -jamás imaginé ni barrunté mejor tocayo- le hacía especial ilusión descubrirme en el interior del templo cuando su clase alcanzara tan mariano destino según la programada “excursión” escolar Jerez intramuros. No olvidaré la bonanza de tamaña experiencia consagrada además por la fotografía que, a las plantas de Nuestra Señora de la Merced, nos regaló la tutora Macarena.

Supuso un golpe de suerte para el arriba firmante, como rezara la canción de don Osvaldo. Escribí entonces en papel prensa que Fabricio -atendiendo a la algarabía, a los alumnos, a los risueños críos- parecía esculpido a partir de moldes de ángeles querubines. Un barroco de la modernidad. Digámoslo en presente de indicativo: no deja indiferente. Transmite y trasmina Evangelio. Ni por asomo un ápice de ninguna superioridad en su carácter. Nada queda descompensado ni descompaginado cuando Fabricio comunica. Contagia sencillez. Interactúa como un forjador de cercanías. En su verbo el gentilicio redacta evaluaciones de igualdad. Una confluencia de los espíritus de san Martín de Porres y san Juan Bautista de la Salle. A Fabricio le tocó la fibra sensible aquella página completa del papel prensa que redacté nunca a vuelapluma. Francisco Umbral repetía vez tras vez que algunos artículos -alados, musicales- brotan como un soneto del periodismo. Sobre todo cuando la escritura emerge al hilo del sentimiento. Puse toda la carne en el asador al servicio de mi verdad. Fabricio indagó, supo agenciárselas para investigar por acá y por acullá y enseguida se hizo con mi teléfono móvil...

Como bien nacido, el joven mercedario -amante del cante flamenco- andaba ahíto del pronto agradecimiento. Nobleza obligaba. Un caballero de exquisitos modales. Me sentí abrumado por la grandeza -comunicacional- de su tono asertivo -tan impregnado de Dios-. La medida del amor, consiguientemente, es el amor sin medida. Conforme leía el contenido de su WhatsApp confirmé que Fabricio nunca fue fruto de un invierno herido: “No sé qué decirle -me trasladaba-: gracias es la única palabra que me sale, pero no expresa lo que siento en mi interior. Pienso que no merezco estas palabras que me ha dirigido. Gracias a usted volvió a encenderse en mí el deseo de ser la persona y el sacerdote que siempre he soñado ser. Espero que, con la Gracia de Dios y la intercesión de su Santa Madre de la Merced, Madre Nuestra, lograré esta meta”. Intercambiamos ipso facto las recíprocas y mutuas consideraciones más distinguidas. Gané -para los restos- un amigo, canela pura en rama. Él decidió entonces incluirme en un selecto grupo de WhatsApp de reflexiones casi diarias, Evangelio, apuntes, meditación, transmisión de las enseñanzas de Jesucristo…

Cada mañana -al alba sería- el testimonio de Fabricio, a través de la ventana de cristal de brillo del WhatsApp, me zarandea la conciencia, me ofrece el espejo de la Iglesia, la exaltación de la Santa Cruz (“Es necesario que el hijo del Hombre sea levantado para que, en Él, todo el que crea tenga vida eterna”, Juan 3: 13-15), el privilegio de rezarnos entrambos y las mayúsculas de la Esperanza. Por esta razón no quedé desamparado de su afecto cuando el pasado 18 de agosto me anunció que se marchaba de Jerez hacia un nuevo destino por tierras de Castilla y León. ¡Atiza! Su inesperada noticia me produjo cierta pesadumbre de orfandad fraternal, empero esta sensación se redujo pronto a mero espejismo. Fabricio restó importancia a la distancia kilométrica. “Y te seguiré mandando la Palabra de Dios… Tengo que ser pesado con ella”. El pasado 24 de septiembre fui -del orto al ocaso- inmensamente feliz. Se concatenaron a lo largo y ancho del día excelentes noticias personales, profesionales y de otra índole. Amén que, gracias al ímprobo esfuerzo y al encomiable trabajo del padre Felipe, la procesión resultara brillante -nutrida y fluida- sin parangón. Varios celadores con los que mantengo estrecha amistad me confesaron que el cortejo aglutinaba a casi 900 personas. Mi pensamiento, mis oraciones y Fabricio formaron una misma sustancia, una idéntica luz. El camerunés ha puesto en entredicho -dando el callo con su serena discreción- el título de la archisabida novela de Milan Kundera ‘La insoportable levedad del ser’. Gracias, hermano, por confirmar con tu ejemplo la celebérrima frase de san Juan Pablo II: “¡No tengáis miedo: abrid de par en par las puertas a Cristo!”.

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