'Frasquito y el Cristo' por Jesús Rodríguez

11/10/26 Cofrademanía Jesús Rodríguez Gómez

Frasquito llegó al barrio una mañana de mayo. Lo hizo solo y alquiló unas habitaciones en el número ocho de la calle del Aire, justo al lado de la iglesia del santísimo Cristo de la Expiración.

Los vecinos de la casa contaban que era un hombre profundamente serio, aunque muy educado. De su vida, solo sabían que había muerto su mujer hacía unos pocos meses, que se llamaba Carmen y que no tenían hijos. También explicaban que había vivido toda su vida en el campo y que apenas se le entendía hablando porque lo hacía con un acento muy cerrado.

No hubo ninguno que no refiriera su fuerza: transportaba a pulso, desde su puerta hasta el grifo instalado al fondo del patio, los macetones que había comprado para la entrada de su casa, tan enormes que parecía que Frasquito buscaba trasladar al patio el campo en el que había vivido siempre, junto con su mujer.

Un día, a final de la tarde, Frasquito apareció por la iglesia. Se arrodilló delante de la imagen del Cristo, lo miró fijamente y pareció que se sumía en un extraño misticismo. Susurró algo, que quienes estaban a su alrededor apenas entendieron. Enseguida, el equipo de mayordomía inició una competición entre sus miembros para ver quién era capaz de descifrar las palabras de Frasquito al Cristo.

Días después, aportando cada uno las palabras sueltas que había logrado retener, concluyeron que rezaba un Padre Nuestro, aunque muy peculiar:

-Pare nuetro que etá en tó lo arto der cielo, mu zantízime zea tu nombre…

Y, al final, una jaculatoria, todavía más peculiar: "Crito la Repiración, ruega por nojotro".

Desde entonces, cada vez que Frasquito se arrodillaba, un grupo de hermanos lo hacía a su lado solo por oír, divertidos, aquellos rezos tan particulares. Cuando terminaba con la jaculatoria, tenían que aguantar la risa.

Un día de Cuaresma, el equipo de mayordomía empezó a preparar la salida procesional y, para ello, lo primero era bajar al Cristo de su retablo. Lo hacían con mucha delicadeza, hasta que, al fin, colocaron la imagen sobre unos caballetes. El mayordomo se dispuso entonces a limpiar el polvo que guardaba y pidió un paño.

Enseguida, apareció alguien con una tela de algodón. Se disponía el mayordomo a pasarlo por la cara del Cristo, cuando se oyó la voz de Frasquito:

-Pero, home, qué hace usté. Epere que voy a mi caza en un zarto…

Sonó la voz tan firme que el mayordomo cesó en la faena.

Al poco, apareció Frasquito con un pañuelo cuidadosamente doblado, blanco, transparente y rematado con finos bordados:

-É er velo de novia de mi Carmen… É de encaje fino… Lo he vizto a usté con eze trapo en la mano y he penzao que no etá bien pazá una tela cuarquiera por la cara der Cristo.

Todos se sintieron más conmovidos que avergonzados. Desde entonces, nadie considera a Frasquito un hombre primario, sino un ser dotado de una fina sensibilidad, a pesar de sus palabras equivocadas y a medio hacer. 

Y es que a las palabras hay que juzgarlas no por cómo suenan, sino por cómo desbordan el corazón. Y las de Frasquito cuando reza, rompen la gramática, pero también su pecho. Justo allí donde vive el santísimo Cristo de la Expiración… O de la Respiración, que, para Él, suena con la misma devoción. 

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