''Gracias; ya me puedo morir tranquilo'' por Francisco Zurita

17/04/17 Cofrademanía Francisco Zurita

Mi, siempre hermano mayor, Manuel Soto de la Calle, lo fue todo en la hermandad. No faltaba a unos cultos, a unos oficios, a la misa de cada lunes, a una comida para celebrar alegrías o a un sepelio por un hermano fallecido. Los achaques de sus ochenta y pico años están doblegando sus fuerzas y, muy a su pesar, ya no puede asistir a todos los actos que su alma rojinegra ansía compartir con sus hermanos judíos. Pero, sobre todo, echa de menos no poderle decir a su Virgen del Desconsuelo, cara a cara, cuánto la sigue queriendo y cuánto la necesita en estos momentos de debilidad.

Pero Dios nos hace peones de sus designios y este Martes Santo nos brindó la oportunidad de devolverle a Manolo parte de lo mucho que ha dado a su hermandad. Tembloroso, desde su palco en Calle Larga, veía Manolo cómo la Virgen del Desconsuelo se iba acercando poco a poco. El paso paró unos metros antes, y empezaron a sonar los primeros acordes de "Mi amargura", tus amarguras, Manolo, por no tenerla más cerca…. Edu Torné, el capataz, pronunciaba las palabras mágicas a su cuadrilla que entendió a la perfección el mensaje. El paso avanzaba, haciendo de las bambalinas eco de las oraciones en forma de suaves mecidos. Mientras Edu le hablaba en voz alta a la Virgen, los que allí estábamos nos acercamos a Manolo, le cogimos su mano cuando el temblor de la misma se aceleraba aún más por ver a su Virgen acercarse.

Llegaba la parte lenta de la marcha mientras el paso viraba hacia Manolo y la poesía que salía de los labios del capataz hizo el resto…. Él lloraba, los que estaban a su alrededor lloraban, los de los palcos de enfrente lloraban, todos llorábamos. La Virgen a la que tantas veces en su vida le había confesado en su capilla sus secretos, sus éxitos y fracasos, sus anhelos y temores, sus alegrías y sus penas la tenía, una vez más, mirándolo cara a cara. Todas sus penas no eran por su enfermedad sino por no poder tenerla tan cerca.

A veces nos preguntamos qué hay detrás de nuestra pertenencia a una hermandad y qué nos lleva a vestir la túnica nazarena. Qué nos ata a ellas para que un hermano a los ochenta y pico años de su vida me diga al soltarle la mano: "Gracias; Ya me puedo morir tranquilo".

Este pasado Martes Santo lo he entendido una vez más. Nosotros también podemos ya morirnos tranquilos, Manolo.

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