Hoy las calles del centro están huérfanas de tambores, de capirotes guardando distancias, de niños pidiendo estampitas. Hoy la vida se toma un receso y se deja atrapar por las tinieblas del dolor y por los cerrojos enquistados entre brumas y soledades. Hoy la llama de la muerte se está consumiendo poco a poco en la hoguera de los sepulcros, tras la piedra pesada de las Sagradas Escrituras, tras el egoísmo y la barbarie del Hombre.
Los altares están huérfanos. Los sagrarios abiertos y vacíos. Dios ha muerto.
Y lo hace guardando silencio, relamiéndose de sus heridas, abrigando un hilo de esperanza para volver triunfante a confiar en su mejor obra -Su Obra-, esa que esculpió a su imagen y semejanza y volver a dar por ella eternamente la Vida.
Sábado Santo, el día en el que la ausencia de Dios detiene el pulso y el alma de los cofrades.