Aún no es el momento de la Luz
La Esperanza no puede sostener más entre sus manos el luto del Viernes Santo. Desde su joyero de terciopelo verde y bordados de oro, la Madre de Dios frena todo lo posible la oscuridad. Pero, cuando entra de nuevo en su Capilla con un sol de justicia, el luto se impone. La muerte se regocija y se cree victoriosa. Aún no es el momento de la luz. Es Viernes Santo.
Tan solo unas pocas horas después, la muerte se ruboriza. A lo lejos, se escucha un tintineo dulce de campanillas. Al principio, apenas se percata del sonido y la muerte no presta demasiada atención. No obstante, la acompasada melodía de las campanitas irrumpe cada vez con mayor fuerza entre el silencio negro. La muerte va preocupándose. La batalla aún no ha acabado.
Desde Las Viñas viene Dios subiendo a los mismos cielos, con lágrimas en los ojos por el calvario que está sufriendo. Es exaltado en la madera, en la Cruz donde morirá. Pero el Hijo de Dios sabe que no es el final. Ya llegará el momento de ascender a los Cielos sin necesidad de clavos ni madera. Así se lo comunican las campanitas de sus bambalinas a la Virgen guapa de la Concepción. Entre el silencio de la muerte, este tintineo adelanta y aventura el triunfo de la vida. Pero aún no es el momento.
El Cristo de la Expiración se resiste a morir. Camina por Jerez buscando retener su último aliento. Todos los gitanos tratan de mantenerlo vivo y de consolar el llanto de su madre del Valle. Saetas, palmas, cantes y bulerías. Todo por intentar que el Cristo no dé su último aliento, que no se entregue a la muerte. Y parece que se está consiguiendo, pero… aún no es el momento de la Luz.
Por eso, los santos José de Arimatea y Nicodemo desenclavan el cuerpo inerte de Cristo bajo un palio de jacarandas. La muerte parece haberse impuesto, cree tener en su guadaña la Victoria… pero la Victoria no es suya. Por más que la muerte contemple a la Soledad aferrada a su clavo y desconsolada, con la mirada perdida, lamentando el destino de su hijo amado. ¡Cuánto dolor! Se acuerda del anciano profeta Simeón, pues ya siente en su pecho esa espada que le ha llegado hasta el corazón. Jerez, enmudecido, acompaña su pena y dolor para no dejarla sola.
Mas Ella se siente sola. No hay consuelo que valga. La cruz se erige recta, férrea y tenaz sobre el Gólgota. La cruz y Ella, la Virgen del Loreto, que por más compañía que sus hijos quieran brindarle, Ella se siente sola. Sola y rota de dolor. La muerte le ha arrebatado a su Hijo. No cesa de cavilar la desgracia de su retoño. La oscuridad la envuelve en su regreso a San Pedro. Caracuel y Bizcocheros se tornan en caminos tenebrosos cuando Ella pasa llorando sus penas. En su recogida, la luz empieza a atisbarse tímidamente, por más que la muerte, intranquila, trata de contenerla.
Cree la dueña de la guadaña conseguirlo mientras mira de reojo cómo las puertas de la Parroquia de San Pedro se cierran. Suspira aliviada. ¡Qué ingenua! La luz no se ha impuesto… aún. Porque aún no es el momento de la luz. Es Viernes Santo y Cristo ha muerto –por nosotros-.
