Imagínense que fuera al revés y que nos molestara el silencio de la Esperanza de San Francisco, palio de las Cinco Llagas. Imagínense que fuera así y que no respetándose su idisiosincrasia, pusiéramos un año tras otro el mismo tema en la mesa: 'el dichoso silencio'.
Cuando empezamos a traspasar algunos límites, es posible que entremos en la dinámica de pegarnos tiros en los pies. Respeto a la historia, señores. Respeto a la forma de procesionar de la Hermandad del Nazareno. Respeto a sus costumbres que van abriendo puertas y ventanas para decirle a ese Jerez de siempre, que Dios está llegando con el morado del paraíso y sus aves. Respeto ante la evidencia de que Jerez incluyó en su alma inmaterial la música de la Cruz de Guía y las campanas de los más pequeños revestidos del morado color de las orillas de esa Jerusalén de Cristina.
Pongan cordura, los que tengan que hacerlo. Cada año lo mismo y con la misma respuesta: 'no'. ¿Qué sería de nosotros si no respetamos la cofradía de nuestros mayores? ¿Dónde iríamos si fuésemos lo que los demás quieren que seamos?
¿Lo siguiente será ir a costal? Perdonen pero el hábito morado imprime carácter. Y el Nazareno siempre fue ese lugar de buenos ratos y una devoción inmensa. Donde si hay algo que nos diferencia es la pureza de las formas dado el paso de los siglos. Nosotros somos así, no porque nadie lo permita o lo deje de permitir, Jerez lo quiere así cada Noche de Jesús.
Entrar en debates absurdos de este tipo, no es propio de aquellos que saben dónde van y a dónde quieren ir.
La Hermandad de Jesús abrirá su carrera oficial como siempre lo ha hecho. ¿Por qué renunciar a nuestro ADN? ¿Le ponemos música al silencio?
Vamos a besar más los pies de Jesús en Cristina y tengamos menos confrontaciones hechas en despachos a media luz y con intenciones algo extrañas.
Para eso Jesús y su Madre del Traspaso, salen todos los años a la calles de Jerez. Para ser música celestial en el alma desde el principio hasta el final.