'La función sociológica de nuestras cofradías' por Eugenio J. Vega Geán

30/10/26 Cofrademanía Eugenio J. Vega Geán

No es la primera vez que calificamos a las corporaciones penitenciales de la Semana Santa antigua como auténticas entidades de socorro social y asistenciales, con un carácter estructural transversal (afecta a varios estamentos) y abierto (no exclusivo de un grupo profesional), benéficas y caritativas, y con incidencia especial en la dotación de huérfanas y seguros de defunción. Por ello entonces, como hoy, se traspasaban las fronteras del culto público y de la exclusiva integración en la Iglesia. Es evidente que el secular sustrato ético-religioso occidental humanista que lo impregna todo, llena de contenido social todas las parcelas de la práctica pietista.

Si bien la celebración más sobresaliente de nuestras corporaciones penitenciales es la estación de penitencia, la función de pegamento ciudadano es una constante que se mantiene tras cinco siglos. Los datos históricos y demográficos son incuestionables, y pueden ser desglosados en varias magnitudes. Tomemos nuestra Semana Mayor de la etapa barroca, y en concreto la del expansivo siglo XVIII; en una ciudad con unos 40.000 habitantes, como era Jerez, el número de corporaciones penitenciales que participaba en Semana Santa rondaba la veintena, y durante todos esos días se celebraban actos pietistas, con solemnidad y cuidada escenografía, en templos y conventos, que los convertían en el eje cultual del año jerezano. Esa proporción entre cofradías y población se podría comparar de manera cuantitativa con la que hoy existe en ciudades modelos por la alta densidad corporativa como San Fernando, Baeza, Hellín, Medina de Rioseco o Cabra.

Los datos sobre nuestra ciudad siguen siendo hoy, en pleno siglo XXI, de trascendencia social. Entre el siglo XVI y el actual, en Jerez se han desarrollado casi el medio centenar de agrupaciones cofrades, de las que casi la mitad, tienen su fundamento devocional en agrupaciones con tres siglos o más. Y no solo eso: al menos seis cofradías penitenciales más desaparecieron antes de llegar a la Contemporaneidad (Negros, San Benito, la Muerte, Remedios-Despedimiento, San Crispín y Crispiniano, y Concepción), y al menos en una decena de nuestros antiguos templos hay dos decenas de tallas pasionistas no procesionales de entre los siglos XV y XIX, y otras tantas imágenes antiguas que pertenecieron a nuestras hermandades (Ecce Homo, San Benito, Soledad, Piedad, Vera Cruz, Coronación o Cinco Llagas). En el mundo rural jerezano hay al menos once corporaciones más con actividad plena y en expansión devocional, y entre las agrupaciones juveniles, doce mantienen su periódica procesión anual. 

Si seguimos con el análisis devocional, observamos la evolución de títulos e imágenes acondicionados a los tiempos. Las advocaciones marianas nos dan un panorama muy dinámico: la conexión en el Santo Crucifijo con la Virgen del Socorro antes de la adopción de la Encarnación; la antigua del Desamparo (actual de los Remedios) que bien pudo también titularse del Mayor Dolor; una Virgen de la Soledad que en el XIX procesionaba con la Corte de María, o la Confortación, que en el pasado fue de la Encarnación, de la Pura y Limpia Concepción o de la Compasión. Este dinamismo se engarza con las renovaciones escultóricas que en el XVIII acometen los categóricos talleres de Francisco Camacho, la del Roldán jerezano, Baccaro y los genoveses y flamencos, e Ignacio López. Y no queda ahí la incidencia sociorreligiosa, pues la cofradía barroca clásica potencia el aumento de procesiones (como las de San Antón, y la Piedad y el Santo Entierro), distintas escenografías (Prendimiento, Nazareno, Piedad y Santo Entierro), el concurso de varios pasos con distintos motivos hagiográficos (Vera Cruz, Expiración, Santo Crucifijo, Cinco Llagas, Mayor Dolor, Dulce Nombre de Jesús o Soledad), misterios con relatos iconográficos (Dolores, Nazareno, Cinco Llagas, Concepción, Coronación, Resurrección, Humildad y Paciencia o Desconsuelo) y pasos de palio, que hoy podemos reconstruir por la antigua documentación, tanto para los Cristos (Vera Cruz, Nazareno, Santo Entierro) como para misterios marianos (Angustias, Piedad, Desconsuelo, Traspaso, Amargura y Confortación) y especialmente para las dolorosas (Valle, Lágrimas, Soledad, Dolores, Aflicción y Desamparo). Este es el sustrato cofrade sobre el que se construye la Semana Santa posterior.

Sin duda, las inquietudes cofrades del primer cuarto del siglo XXI se han colmado con creces. Un jerezano de 1970, en una ciudad nuclear con muy limitados ensanches periurbanos donde se distribuían los casi 150.000 habitantes, en un contexto nacional-católico, contemplaba veintinueve cofradías en la calle. Cincuenta años más tarde, con una población de casi 214.000 habitantes (quinta de Andalucía y 27º de España), esta se estructura en torno a sesenta agrupaciones en los sectores urbanos y rurales, y supone un aporte sociocultural y económico de primer orden. Y evidentemente religioso. Más allá de los puentes de Medina y de Arcos, hace cincuenta años, la Semana Santa era una celebración exclusiva del casco urbano, como si de un parque temático eventual se tratara; hoy los barrios emergentes y de la periferia se integran sin complejo y enriquecen de manera capital el tejido asociativo sociorreligioso.

 

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