Después de oír la entrevista realizada por Andrés Cañadas y Alberto Espinosa a Miguel Perea Montes, tras su destitución como Vicepresidente de la UU.HH, tuve dos sensaciones contradictorias. Una, evidentemente, de malestar, enojo y absoluta desaprobación por la situación vivida por Miguel; y otra, de satisfacción, tranquilidad y sosiego, que espero sea entendida tras esta explicación. Un grupo de hermanos del Cristo llevamos más de seis años denunciando contínuas ilegalidades, amenazas, venganzas, sanciones y persecuciones, por parte de las dos últimas juntas de la cofradía. Dentro de la hermandad, somos los 'apestados', los polémicos, los envenenados, los “de siempre”, hasta tal punto que el hermano mayor se permite calificarnos públicamente como personas sin formación cristiana y litúrgica.
Nos han querido acallar, usando para ello métodos más propios de partidos políticos u otras organizaciones fuera de la Iglesia. Nunca lo han conseguido; hemos seguido denunciando, y oponiéndonos a estas injusticias, llegando a poner en riesgo la pertenencia a la hermandad de nuestras vidas, e incluso, a cosas mayores. Los expedientes sancionadores se incoaban de forma masiva, pero aun así, seguimos manteniendo el tipo contra viento y marea, cabildo a cabildo, reunión a reunión, levantando la voz para exigir justicia.
Siempre había una mano que modificaba un censo; siempre había una mano que señalaba culpables; siempre había una mano que se inventaba supuestos testigos; siempre había una mano que usaba extrañas influencias para conseguir votos; siempre había una mano que ponía y quitaba sitios en el cortejo; siempre, siempre, siempre había una mano que mecía la cuna. Todos en San Telmo la conocíamos. Hoy, por fin, todo el Jerez cofrade la conoce también.
Sabíamos lo del voto vendido por el hermano mayor para incorporar al Consejo a esa mano todopoderosa. Avisamos a algunos miembros del Consejo, que éste estallaría como una bomba de relojería con esa incorporación; sabíamos de su desmesurado afán de protagonismo; sabíamos de imponer su criterio, por encima de cualquier otra consideración, y al precio que fuera. Todo eso lo sabíamos, todo eso lo habíamos sufrido, y nadie nos escuchó, nadie nos prestó atención. Ser un 'apestado' en tu propia hermandad es duro, pero allí seguimos firmes en nuestra posición. Y lo más duro, es que la persona y la institución que tienen que protegerte ante estos actos, te cierre las puertas, no quiera oírte, no atienda a tus denuncias, ni tenga en cuenta las pruebas aportadas. El Obispado con el señor obispo a la cabeza, tiene conocimiento de todo esto a través nuestro, y nunca ha querido afrontarlo. Hoy está en todos los corrillos cofrades y no cofrades; hoy ha explotado en las puertas de Palacio.
Espero que Miguel Perea tenga mejor suerte que nosotros y consiga del señor obispo el apoyo que él nos negó, para extirpar de la Iglesia diocesana estas formas de actuar. Para nosotros y nuestras denuncias, puede que aún no haya llegado el día, pero nos sentiremos compensados y satisfechos, si el caso de Miguel Perea se afronta con seriedad y firmeza, para erradicar esas actitudes tan en contra de nuestra fe cristiana. Si eso se consigue, habremos dado un paso muy importante en solucionar el problema interno de nuestra hermandad.