'La Semana Santa: obra de imperfección... gracias al cofrade'

26/10/26 Cofrademanía Jesús Rodríguez Gómez

La Semana Santa andaluza parece una cosa muy elaborada y muy bien ordenada por los siglos, pero no es así.

Nuestra Semana Santa no es obra de conjunto, hecha de cabo a rabo, como El Escorial, que se construyó en veintipocos años siguiendo, detalle por detalle, el proyecto elaborado por sus dos arquitectos, sino como esas catedrales góticas en las que cada siglo va añadiendo su impronta y su gusto, labrando devotamente nuevos adornos, torres y gárgolas. Ahí tenemos a San Miguel, una iglesia del siglo XV, con una sacristía del XVI; un retablo mayor, del XVII; una torre y una capilla -la del Sagrario- del XVIII…

Se puede decir, así, que nuestra Semana Santa es un producto histórico e inacabado. O dicho de otra manera: que es la Edad Media metida en un poco de Renacimiento y mucho barroco.

Pero vayamos a lo que queríamos tratar aquí. A lo mejor es sintetizar mucho, pero nosotros diríamos que el motor de todo lo que acabamos de contar se debe a un elemento humano propio y singular de la Semana Santa: el cofrade.

El cofrade andaluz -seguramente el de toda España, porque conozco a dos de Zamora y apenas les encuentro diferencias con los de aquí- es un ser que se caracteriza, más que nada, por su obsesión por la imperfección. Todo cofrade se mueve por un mismo fin: evitar que la procesión pueda considerarse definitivamente óptima y consumada. La explicación es bien sencilla: lo que goza de perfección no admite nada más.

Así es, lo perfecto es lo que posee el grado máximo de bondad o de belleza, por lo que, cuando cualquier cosa ha alcanzado esta calidad ya no puede mejorar. Y si se hace algo inmejorable, ¿a qué se dedica uno después?

En esa búsqueda de la imperfección, el cofrade va llenando la procesión de oro, plata, velas rizadas y terciopelos bordados, pero cuidando mucho de que nada de esto alcance un grado de belleza tal que, por ser perfecto, sea imposible superarlo.

El cofrade llama a esta obsesión, <<estreno>>. El estreno es una rectificación que la hermandad se hace a sí misma: lo que hicieron los de ayer no vale ya hoy. La peana del cristo, pongamos por ejemplo. Tiene cien años, pero, a juicio de un cofrade, hermano antiguo, desmerece del resto del paso y eso, lógicamente, hay que corregirlo. Dedica entonces todo su empeño en convencer a la Junta de Gobierno para que la cambie. Como la mayoría de sus miembros son también cofrades, pronto se acepta la proposición, nombrándose una comisión para que trate con aquel orfebre prestigioso sobre el diseño y labrado de una nueva peana, dotada -según sugiere el mayordomo- <<de soportes más bulbosos y de forma más convexa y gallonada en las cuatro esquinas>>. El hermano mayor, por su parte, propone <<una talla con cierta tendencia al rococó y aparición de rocalla y motivos marineros que recuerden el origen de la hermandad>>. El orfebre –que está deseando que le hagan el encargo- acepta entusiasmado las dos propuestas e insinúa cuatro detallitos más que inmediatamente convencen a la comisión.

Más todavía cuando concluye diciendo: <<la pieza se podría mejorar hecha toda de plata britania y un cincelado-repoussé más minuciosos, pero, para el presupuesto que tienen ustedes, va a quedar de película>>.

<<Hombre, <<se podría mejorar>>, luego la peana no es perfecta… Perfecto>>, se dicen los de la comisión. Y se marchan satisfechos.

En unos pocos meses, el orfebre entregará su obra. La nueva peana se colocará en el paso y la Junta sentirá una íntima satisfacción, porque, aunque todo el mundo dice que es preciosa, ellos saben que no es -ya lo anticipó el orfebre- super-preciosa, por lo que dentro no sé cuántos años podrá ser sustituida por otra mejor… que tampoco, gracias a Dios, será perfecta. 

Con esta manera de pensar el cofrade adquiere la conciencia de que el tiempo pasa y la procesión no se acabará nunca, ya que otros cofrades le seguirán, incansables, en ese ímpetu de imperfección.

Esa obsesión por el estreno, sin embargo, no siempre es bien entendido por muchos no cofrades, que critican nuestra Semana Santa diciendo que se ha convertido en una mera prodigalidad de arte y de riquezas materiales, sin nada trascendente detrás.

Nosotros, desde aquí, sugerimos a los cofrades que tampoco les hagan mucho caso, porque esos criticones, no es que tengan mala fe, sino que no comprenden nuestra Semana Santa. Son, además, gente de esa que siempre se queda en la superficie de las cosas y que todo lo considera en valores económicos… Igual que Judas, cuando María Magdalena, en Betania, derramaba perfumes sobre los pies de Jesús. Los demás apóstoles se gozaban en el símbolo que cumplía al perfumar los pies del Maestro; el Iscariote, en cambio, sólo pensaba en los trescientos denarios que habían costado.

Y es que quienes consideran que nuestra Semana Santa es un exceso y un gasto inútil no se dan cuenta de que la prodigalidad es también una gracia de Dios.

Dios pudo haber redimido al mundo con una sonrisa, sin embargo, prefirió redimirlo con una prodigalidad de dolor y de sangre. Cuando creó la Naturaleza pudo haberlo hecho creando sólo una especie animal y otra vegetal: no hacían falta más para alimentar al hombre, rey de toda aquella obra inmensa. Por tanto, ese número ingente de géneros y de especies infinitas y multicolores de plantas y animales, puede considerarse una prodigalidad de Dios; pero así quiso Él que fuera la naturaleza: pura exuberancia. Toda ella está llena de perfumes derramados… como en Betania.

Igual que nuestra Semana Santa, que parece una cosa muy elaborada y muy bien ordenada por los siglos, pero que, gracias al cofrade, resulta pródiga en imperfecciones.

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