'Las migajas que caen de la mesa' por Damián López-Cepero

21/12/25 Cofrademanía Cofrademanía

Cada Navidad, hermandades, parroquias y asociaciones se ponen en marcha con campañas llamativas, bien diseñadas y, sobre todo, bienintencionadas: “Ningún niño sin juguetes”, “Regala ilusión”, “Un juguete, una sonrisa”. Y es justo reconocerlo: esa movilización dice mucho bueno de nosotros. Pero quizá, precisamente por eso, conviene pararnos un momento y preguntarnos si, además de hacerlo con el corazón, lo estamos haciendo con el cuidado que este asunto merece. Porque la intención puede ser impecable y, sin embargo, el resultado no estar a la altura de lo que esos niños necesitan: no solo un regalo, sino el derecho a vivir la Navidad con la misma dignidad y la misma magia que cualquier otro.

Cuando hablamos de niños acogidos o necesitados, habría que desterrar para siempre ciertas palabras y ciertas miradas. La palabra “pobres” no ayuda, etiqueta, reduce, distancia; no describe una realidad, la simplifica. No estamos hablando de niños de segunda, ni de niños a los que se les da lo que se pueda, hablamos de niños, sin apellidos, con la misma capacidad de soñar, de ilusionarse, de pedir y de esperar. Y aquí aparece la pregunta que incomoda: ¿estamos escuchándolos de verdad? Porque a nuestros hijos sí los escuchamos. Sabemos qué piden a los Reyes Magos, sabemos qué les hace ilusión, y también comprobamos que muchas veces lo que piden no es lo más caro ni lo más imposible. En cambio, con estos niños solemos hacer lo contrario: recogemos juguetes de forma masiva, como si el simple hecho de llenar cajas ya garantizara la alegría, y al final lo que ocurre es que se reparte lo que hay.

Durante años, en la Hermandad de la Clemencia se hizo algo que, por sencillo, era profundamente humano: recoger las cartas escritas de puño y letra por esos niños. Los padres llevaban la carta a la parroquia, y desde ahí la hermandad, con ayuda de familias, entidades y la propia parroquia, se organizaba para buscar exactamente lo que cada niño pedía. Y lo que pedían no era, como algunos imaginan, una lista imposible: pedían camisetas interiores, un chándal, un abrigo, un tren de madera, una raqueta de bádminton, un puzle… y sí, también alguna tablet, y también alguna moto eléctrica. ¿Acaso no son dignos de pedir con la misma libertad que el resto?

El problema no está en que pidan, sino en que a veces respondemos con migajas: con lo que sobra, con lo que resulta cómodo entregar. Y sin darnos cuenta, así no igualamos la ilusión, la rebajamos. Porque hay una diferencia enorme entre regalar y dar salida, entre ofrecer algo pensado para alguien y repartir lo que ha caído en un montón. Y cuando esa diferencia la percibe un niño, se resiente lo más frágil y lo más sagrado de estas fechas: la magia. 

Por eso también conviene decirlo claro: no hace falta caracterizar a Reyes Magos para entregar juguetes, y menos aún hacerlo días antes. Entreguemos los regalos a los padres, que sean ellos quienes los pongan en sus casas, que sea su hogar el escenario y que la noche de Reyes haga el resto. La dignidad, muchas veces, está en esos detalles.

Hacerlo bien cuesta más trabajo, más coordinación y más responsabilidad, pero merece la pena. Si de verdad queremos que ningún niño se quede sin ilusión, empecemos por escucharla. No demos lo que nos sobra, demos lo que necesitan y desean; no desde la lástima, sino desde el amor. Porque todos somos iguales ante los ojos de Dios, y la caridad auténtica no humilla ni etiqueta: acompaña y dignifica. Que en Navidad no caigan migajas de nuestra mesa, que caiga la certeza de que nadie es menos.

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