'Procesiones y más procesiones' por Francisco A. García Romero

01/11/26 Cofrademanía Francisco Antonio García Romero

Ya nos referíamos a cómo la ciudad bulle y, en ocasiones, revive de su letargo, cuando una procesión ocupa las calles. Sin duda esto ocurre en parte por devoción y auténtica convicción cristiana, pero a menudo, por qué no decirlo, por mera tradición, o incluso por curiosidad, o quizá por el atractivo que por sí mismos históricamente ejercen tales actos cívico-religiosos. Y aquí encajaría hablar de ese “paganismo funcional” del que con tanto acierto hablaba el profesor Julio Caro Baroja. Se trataría de odres viejos de antiguos ritos que en este caso contienen, pero sin reventar (Mateo 9, 17), el vino nuevo de nuestras actuales, aunque antañonas, ceremonias.

La “pompa” (pompḗ, “procesión” en griego clásico y en el moderno; también prósodos, en las inscripciones y en autores como Platón, Aristófanes, Jenofonte, Demóstenes o Procopio) es un elemento primordial del culto en Egipto, en las religiones mistéricas (como la de Iaco/Baco en Eleusis) y orientales, en el mundo griego (como la de Delfos en honor de Apolo) y luego en Roma (aparte de su función cívica, con ejemplos de todo tipo: en los triunfos militares, en las ceremonias de los juegos gladiatorios y circenses, etc.). El padre de la Historia, Heródoto (Historias II 58-63), nos lo deja clarísimo: “Los egipcios, pues, son los primeros que celebraron festividades, procesiones y cortejos, y de ellos lo han aprendido los griegos”.

Pero es que hasta en un contexto mítico, no es extraño que el propio Heródoto, al contar que los egipcios quisieron sacrificar a Heracles, puntualice que lo llevaron “en procesión” ante el altar de Zeus (Historias II 45).

En posteriores entregas nos fijaremos en las procesiones más famosas de Atenea, de Ártemis, de Isis o de Cibeles. Pero es que hay curiosos ejemplos de que en la Atenas clásica se pirraban por una buena procesión. Así lo atestiguan los primeros versos de la simpática, atrevida y muy moderna Lisístrata del gran Aristófanes:

“Si se las hubiera citado a una fiesta de Baco o de Pan, o al templo de Afrodita (…), no se habría podido pasar por el montón de timbales, pero ahora aquí no se presenta ni una…”.

O sea, la empoderada Lisístrata se queja de que es imposible “movilizar” a las mujeres para un asunto importante (como era buscar la ansiada paz en medio de la Guerra del Peloponeso) y, sin embargo, van en masa a celebraciones religiosas del tipo descrito, en las que, por cierto, abundan los tambores (y ya veremos que otros instrumentos). El mismo Aristófanes, en Acarnienses 247 ss., alude otra vez a la aglomeración de gente y a los problemillas que esto conllevaba:

“DICEÓPOLIS. Así está bien. ¡Oh señor Dioniso, que sea de tu agrado esta procesión (pompḗn) que te hago (...) y que celebre yo felizmente las Dionisias rurales (...)! ¡Venga, hija! (...) Avanza y ten mucho cuidado de que entre el gentío, sin que te des cuenta, no vayan a choricearte las joyas de oro”.

Vamos, que solo faltaría traer a colación una recogida de nuestras cofradías.

La “escena del peplo” de la procesión de las Panateneas en el friso del Partenón (hoy en el Museo Británico), con mujeres que portan objetos ceremoniales.

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