Son la esencia de la Semana Santa. No una parte. No. La esencia absoluta. Sin ellos no hay nada más. Sin ellos ni la Fe, ni el turismo. Sin ellos nada se mueve. Nada existe. Ellos son la Iglesia peregrina que cree en el Señor. Punto. No hay más. O ellos o nada. Ellos, todo.
En tiempos de pandemia no hubo ninguno y esa fue nuestra mayor ausencia.
Perfil puntiagudo que marca las líneas del alma. Horizonte quebrado que marca al ritmo de los corazones cofrades. Diapasón de las cofradías. Metrónomo de las emociones.
Callado paso por nuestras calles y plazas y receptores últimos de los fracasos. Silenciosa espera. Inaguantable parón de veinte minutos. Olvidados y dejados de la mano...
Si faltan los que elevan el cirio, los que portan cruces, los que rezan el Rosario, los que llevan los atributos, los que organizan las filas, los que agarran las maniguetas, los que llevan el horario... y los que sólo miran hacia delante y callan... ¿qué nos queda?
De ellos no se habla. A ellos no se les escucha. Ellos son quienes sufren las faltas de solidaridad entre hermandades... y las faltas de respeto.
Ellos sólo son los nazarenos.
Pero ¿qué sería de todo lo demás sin ellos?
En Jerez sólo hay diezmil. Quizás ahi esté la clave de todo...
