Estos días de plácido verano -en lo meteorológico al menos- me he acordado muchas veces de aquel prodigioso sermón que tuve la suerte de escuchar al añorado D. Carlos García Mier hace ya muchos años. Para hacernos comprender nuestra terca tendencia a equivocarnos nos recordaba aquel pasaje del Evangelio en el que el niño Jesús se perdió y apareció unos después en el templo charlando tranquilamente con los doctores de la ley.
Apoyándose en el púlpito con su peculiar e irrepetible estilo, sentenció:
- ¿Veis? Hasta el niño Jesús se equivocó ese día. ¿Qué necesidad tenía ese niño de darle a sus padres ese tremendo disgusto?
Bien sabía el bueno de D. Carlos que Dios no se equivoca nunca, pero con esas contundentes aseveraciones, que a buen seguro el Niño Jesús le susurró al oído, nos convenció de nuestra debilidad humana y nos infundió el anhelado propósito de equivocarnos menos.
En nuestro día a día -TODOS- nos equivocamos y -TODOS- fallamos muchas veces aún teniendo la mejor de las intenciones. Quizás la clave para superar esos errores, esté en dejar nuestro orgullo a un lado y reconocer con toda naturalidad y humildad que nuestra pobre condición humana nos lleva irremediablemente a errar.
D. Carlos, sabio y santo como era, se reservó para sí la respuesta que dio el joven Jesús a sus atribulados y sorprendidos padres cuando al fin lo encontraron:
- ¿Acaso no sabíais que tenía que encargarme de los asuntos de mi Padre?
Aquella caravana humana en la que supuestamente iba Jesús ya se alejaba de Jerusalem y nosotros nos alejamos de Dios con nuestras legítimas pero, muchas veces, ínfimas preocupaciones humanas. Somos nosotros los que, verdaderamente, nos perdemos cuando nos soliviantamos por estériles y fútiles discusiones que no conducen a nada. Perdemos el norte de nuestro verdadero destino pretendiendo encontrar a Dios cuando nos alejamos más de él buscándolo en la caravana de nuestros insaciables y autosuficientes egos. María, que bien sabía para qué había venido su hijo a este mundo, lo entendió en su corazón y encontró a su hijo, a su Dios, en Jerusalem, ese Jerusalem que no vemos pero que está en la sencillez y nobleza que duerme en nuestro interior.
Así tendremos que hacerlo nosotros con nuestras propias vidas para que un día D. Carlos nos explique en el cielo, con su infinita y afable sonrisa, que Dios no se equivocó tampoco en aquella ocasión porque aquel disgusto fue necesario.