Como el Cante bien templado, cuando se degusta despacio y sin prisas. Como el toreo de salón que recuerda faenas memorables en la Maestranza, al vuelo del capotito de Curro y Rafael. Como un buen vino, de esos que se enredan al alma, saboreado en la boca y en el espíritu. Así fue el pregón que Antonio Gallardo ofreció este 1 de mayo en la Real Bodega de La Concha. Un pregón soberbio, bebido paso a paso, sorbo a sorbo, en el que la ortodoxia del Rocío brilló por su ausencia, para enredarse en un corazón libre, rociero a su manera, que por momentos nos hizo ver en el escenario al centenario Antonio Gallardo reencarnado en la hechura de su nieto.
Todo comenzó tras la presentación que realizó Luis Gallardo, acertada y familiar, en la que marcó los tiempos de una crianza flamenca junto a los abuelos, como punto de partida de todo. A partir de ahí, con hueco para que de vez en cuando, el coro de la Hermandad del Rocío de Jerez amenizase algunos momentos de la noche, Antonio Gallardo Monje comenzó su canto al Rocío según Jerez… y según él mismo. Un Rocío diferente, de corta crianza aún, el Rocío de quien acaba de llegar para quedarse y tiene claro que la Virgen es el centro de todo.
Bien es cierto que la porta gayola de todo fue de las fuertes, con preguntas al aire para que las responda la Iglesia diocesana y local. “No comprendo por qué en un templo se puede cantar el Ave María de Schubert pero no el de Gallardo”. ¿Se puede decir más claro?
Y a partir de ahí, todo, a cuentagotas, desmenuzando a partes iguales lo solemne y lo divertido, lo trascendental y lo lleno de ‘age’, o lo que es lo mismo, la esencia misma del Rocío. Para el recuerdo, la historia de una familia gitana que antes de salir hacia el camino recibe un cero como un castillo en las notas del niño Juanito, para enfado mayúsculo de su madre Sebastiana. ¿Recuerdan ustedes las ‘Daltonmanías’ que Gallardo Molina publicaba en el Diario? Tal para cual. ¡Genial!
Mención aparte el adiós a los romeros por el barrio de Santiago, la décima dedicada a quien intenta subirse a la litera en medio de una noche de fiesta, la actualización de la ‘mancha de aceite’ de Papá Antonio, o la comparación entre los caminos por Doñana y los caminos a los hospitales de quienes no pueden ir al Rocío, por citar tan solo algunas de las estampas de un canto lleno de verdad y pureza, que no dejó a nadie indiferente, antes de una descripción preciosa de la noche de la Virgen y una reflexión final sobre lo que Jerez deja en el río cada año cuando se arrojan al agua las penas desde la barcaza.
Un pregón extraordinario, diferente y de quien nos ve con la perspectiva del que aún no ha ‘renegrío’ el cordón de su medalla a base de arena. Ya lo hará, más tarde o más temprano, llevando a gala, eso sí, que un 1 de mayo tuvo la suerte de contarnos a todos la romería desde el atril de La Concha, donde pudo dejar escrito con letras muy grandes, la cuarta presencia del apellido Gallardo en el Palacio de las letras rocieras.
¡Enhorabuena, Antonio! ¡Pregonazo!
