Y como pasa siempre cuando se nos va el Miércoles Santo, pasó el Señor de las manos 'amarrás' repartiendo perdón desde la miel de sus ojos eternos, y la calle se llenó de vacíos inmesos, antes del perfume a canela que aún debía llegar enredado en un perfil gitano, de mujer llena de 'jondura'... y belleza.
Y entonces llegó Ella. Escoltada por sus más antiguos. Sus más fieles. Los suyos.
Sonaba 'Nuestro Padre Jesús' en los acordes de Rota que no faltaban a su cita una vez más, y la estampa se tiñó de blanquinegros, cuando las viejas bambalinas sevillanas que hoy reposan en San Marcos, anunciaron con orgullo que otra vez servían de Cielo a la Virgen de Santiago.
Y así lo contamos... y así se convierte ya en recuerdo de aquella noche de julio, en la que todo lo bueno se acabó, cuando vimos pasar a la dolorosa del Desamparo.
