Era la primera vez que su madre le dejaba ir a la 'Madrugá'. Tendría unos seis años y una ilusión tan grande que no le cabía en su diminuto cuerpo. La noche del Jueves Santo se fue a casa de su abuelo Pepe a dormir. Su madre y su abuela acompañaban al Santo Crucifijo de la Salud, que en su casa siempre fue el Silencio o 'Sanmigué'. No llegaría a verlo. Volvía antes de que el primer rayo de sol rozara la torre de la Catedral del vetusto barrio de San Miguel.
- “Venga, a vestirse que nos vamos para el centro”.
Un elegante aroma de tabaco embriagaba el camino en la Vito. Apretándole la enorme mano, nerviosa por ver a tanta gente yendo y viniendo a esas horas intempestivas, llegaron a la recogida de las Cinco Llagas. Desde el bar de enfrente con un papelón calentito para combatir el frío, entre olores de aceite, perfumes empalagosos, incienso y noche, la niña comía churros como si aquello fuera una fiesta sin saber que estaba aprendiendo una forma de querer para siempre.
A la amanecida no perdía detalle del crucificado de la Buena Muerte y de las explicaciones de su abuelo. Decía que de jovencito había salido de penitente allí y aún guardaba aquel escudo desgastado por los años. Él no era de ninguna porque él era cofrade de todas, pero su máxima devoción era Jesús. Cada día era cita ineludible ir a verlo y tomarse una copa de vino en el Bar Cristina.
La niña se sorprendió con aquella marabunta morada: el andar puramente jerezano, las coronas fúnebres, Marquillo... Una mezcla de risa, miedo, incomodidad y fascinación la invadía. Le hacía especial gracia la cómica recogida de San Juan con la Marcha de Infantes mientras su abuelo cantaba “Juanillo entra, Juanillo sale”.
En búsqueda de capirotes verdes, le preguntó por las rugosidades de sus manos encalladas. Muy serio, el abuelo le contó que de pequeño pedía a los penitentes que le echaran cera directamente en la palma hasta que un día se quemó.
El pequeño cuerpecito abatido por la intensidad de la ilusión y el desbarajuste del horario, entre la marea humana vio de lejos a la Esperanza. Ella también parecía cansada, estaba distinta a las láminas coleccionables y libretos de mano antiguos que tenía el abuelo en el mueble del salón, con los que tanto jugaba. Sobreestimulada de belleza y primeras veces, cayó rendida en el coche. Cuando me desperté, ya estaba el Cristo de las melenas en la calle.
Mi primera Noche de Jesús no fue una 'Madrugá'. Fue una mano. La mano grande de mi abuelo cerrándose sobre la mía como si así pudiera sujetar toda la emoción del mundo. Mi cirineo. Hoy esa niña cuando pasa por la Alameda de Cristina, no puede evitar mirar de reojo y esbozar una sonrisa bajo el ruán cuando sale el discípulo amado con sus sones y andares pueriles.
Tan solo una Noche, Jesús me deja ver a mi abuelo Pepe. En sus ojos, en el olor a churros, en el 'San Pedro Quiere Rosquillas', en los abuelos con sus nietos, en cada esquina, en cada calle, en cada estampa…
Comprendí que la Noche de Jesús no acaba nunca. Se queda viviendo dentro de los niños que la sueñan por primera vez.
