El cielo atardece encapotado, como el tañido de una campana con toque a funeral. Vertical la pena, como la negra corbata de luto. Me siento al escritorio con la sintaxis en vilo. La estilográfica apenas rasga el papel porque desliza su elegía con la inclinación descendente de una lágrima furtiva sobre la mejilla del amor incontinenti. El verbo amar, tratándose de quien se trata, jamás admite el pretérito perfecto simple. Mi puño -artífice de caligrafía menuda- danza de izquierda a derecha sobre el folio en blanco, como una luminaria visual que desanda el tiempo. El plumín derrama tinta roja, como el color ensangrentado del capirote de aquel nazareno del Prendimiento -que al nombre y apellidos de Manuel Rodríguez Hurtado responde- cuya esciencia ya forma parte de la extensión de la cofradía del Miércoles Santo con tramos de hermanos como Pepe Bernal, Javier Pedro, Rodrigo Daza, Pedro Domecq de la Riva, Pepe Caballero, Rafael de Paula, Rufino Quintana, Ángel Espejo… No hay revuelos de capas ni prisas de horarios ni callejuelas de itinerarios para este último tramo ya desprovisto del anonimato infalible del antifaz -habida cuenta todos ellos son penitentes de la Gloria que superaron por largo el medroso dictado latino a propósito de las horas: vulnerant omnes, ultima necat. ¿Todas hieren, la última mata? Nunca para cristianos henchidos de Esperanza como Manuel Rodríguez, quien, sobre la algodonada alfombra de nubes, habla hoy con José Vega Guerrero ‘Pepe Vega’, Juan González, Bartolomé Lora Lara, el duque de Almodóvar del Río, Luis Álvarez Beigbeder y el padre Francisco Corona Humanes.
Ahora mi escritura circunvala la insistencia de lo vivido por un tercero, por un veterano siempre en ciernes -un bien nacido, un bienhadado, un hombre bueno y noble-, por don Manuel, por Manolo, el de las exquisitas formas diplomáticas, el de la sonrisa sabia de ángel custodio de la cuna a la sepultura, el del afecto paternalista, cuya existencia ha experimentado esa implosión a veces irrequieta que dimos en llamar muerte. Ya el padre Francisco Varela nos dijo en la Santa Misa del pasado domingo que “estamos en el mundo, pero no somos del mundo”. César González-Ruano repetía hasta la saciedad que la muerte es una pedrada que recibe uno pero duele a los demás. En su canción ‘Llueve’ Melendi habla de la ley de vida. Ídem Enrique Iglesias en ‘Trapecista’. El talentudo comparsista Antonio Martín denominó ‘Ley de vida’ a su agrupación de despedida. ‘Ley de vida’ es el título de libros de José Luis Pujol Reinés -relatos amalgamados bajo el prontuario de la amistad, la madurez, las pérdidas, las eventualidades y las encrucijadas personales-, de Jack London -preciosismo estético el suyo-, de David González -collage con calidad de párrafo al hilo de los claroscuros y las sierpes de la autobiografía-. ‘Ley de vida’, el cortometraje balsámico protagonizado por Luis Callejo. Hasta allí donde nuestras entendederas alcanzan, denominamos ley de vida al adiós natural de un ser querido metido en años. Manos arrugadas, terso legado. Anatomía desgastada, testamento vital.
Manuel Rodríguez: jerezano de familia, trabajo y…su Hermandad. Ninguna carretera secundaria. Ni fútbol ni otras aficiones patrias. Poseía esa inclasificable y todopoderosa virtud del don de gentes. Cariñoso era lo que no está en los escritos. Se daba a querer porque encarnaba un espejo de saber ser, saber estar. Quería a su mujer María de los Ángeles Daza Gallego -la niña de sus ojos, novios desde chavales, casados el 14 de febrero de 1963- con cuerda locura, quería a sus hijos -María, Fran y Mauri- más que a sí mismo, quería a sus nietos a rabiar. Coexistía para con su gente. Se mostraba proclive a la conversación. Acompañaba con dialéctica y bonhomía. Sus sentimientos trasminaban rima poética de Gerardo Diego. Tenía algo de inmersión machadiana y otro tanto de ‘La casa encendida’ de Luis Rosales: “Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan / y las volviese a contar para evitar errores / hasta la última, / hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le cubre la frente, / así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño, / sabiendo que jamás me he equivocado en nada / sino en las cosas que más quería”. Indistintamente, con voz del propio Rosales, Manuel Rodríguez parece confesarle a su Señor del Prendimiento: “Desde que tus pasos me abren el camino…”.

Manuel Rodríguez Hurtado vino al mundo el 22 de septiembre de 1938. Estudió en la Escuela de San José. Profesor Mercantil desde 1963 y posteriormente consagró su faceta profesional como reconocido director comercial de Bodegas Bobadilla. Fue inscrito como hermano del Prendimiento a la tierna edad de tres años, por obra y tino e iniciativa de su padre Manuel Rodríguez Ortega, con domicilio sito en la calle Merced, número 6. ¡Qué buena mano tuvo el autor de sus días cuando, encomendándose a Dios y ni por asomo -vade retro- al diablo, llevó a su único hijo a las plantas del Que Todo lo Puede y que, según canta Tomasa Guerrero Carrasco ‘la Macanita’, tiene las llavecitas del firmamento! Manuel Rodríguez Ortega regaló a su niño esta inscripción el 5 de enero de 1941 como obsequio de Reyes Magos. Más generosidad trascendente no cupo entonces. Este hecho marcaría la existencia -la divisa vital, el destino espiritual- de nuestro protagonista. Principió entonces una trayectoria marcada por la entrega sin coto ni paréntesis. Servicio de la cuna a la sepultura, como los soberanos cofrades a la antigua usanza. El trabajo incondicional y el orgullo de pertenencia como lemas cosidos a la dermis. Desempeñó todos los cargos dirigentes, a excepción del propio de hermano mayor. Era un cofrade de peso de su corporación. Puntual todos los miércoles a los cultos de la Hermandad. Un fijo, un clásico. Manolo Rodríguez se crió en la carpintería de su padre y de su tío Antonio. Aunque fue hijo único, Manuel contaba con primos que ejercían más bien de hermanos: esto es: Manolo Rodríguez Cómez -que estuvo trabajando en el Santander y a la sazón progenitor de nuestro querido Rodri, antiguo hermano mayor de la Esperanza de la Yedra-, Luis -laborando asimismo en la carpintería-, Antonio -recordado empleado de la Caja de Ahorros- y Meli.
Según su hijo Mauri, “mi padre comentaba constantemente que los tres Titulares siempre permanecerán ahí, esté quien esté en la junta, y que san Pedro es otro titular. Era un firme defensor de san Pedro. Reñía con prudencia y mano izquierda a los directores espirituales si omitían al tercer Titular”. Tan es así que la Hermandad le impuso hasta la presente primera insignia de san Pedro. ¡Ahí es nada! Salió de nazareno -fiel a la túnica- hasta que la prescripción médica exigió lo contrario. Entre sus amigos íntimos, José Caballero Pérez, Manolo Caballero Salguero, Javier Maldonado… Proactivo diputado mayor de gobierno. Solía pronunciar en alta voz, a la salida de la cofradía, su enunciado característico: “¡Abran las puertas de Santiago! ¡Adelante la cruz de guía! ¡Que salga la Hermandad del Prendimiento!”.
Fundador, en 1987, junto a Manolo Caballero Salguero y Manuel Daza Gallego de la caseta ‘Borboreo’ -estrenándose la misma en la Feria de 1988-. Pocos quizá conozcan que a ciencia cierta Manuel Rodríguez impulsó como nadie que la Vuelta Ciclista a España tuviese una de sus llegadas a Jerez -patrocinada entonces por Brandy 103-. Cofrade de la Amargura, del Cristo de la Expiración, de la Cena, del Carmen, falleció ostentando el número 2 de la Hermandad de sus amores. Nada le agradaba más que numerosas personas se revistiesen en su casa del hábito nazareno cada Miércoles Santo. Era, para él, como una sagrada tradición, un engarce del ayer con el mañana, una heredad entre generaciones. Antonio Burgos escribió que “no se puede ser figura del toreo si antes, durante y después no se es persona”. Con Manuel Rodríguez Hurtado hemos aprendido que no se puede ser cofrade si antes, durante y después no se es buena persona. Cuando ha llegado a las puertas de la eternidad, su defendido san Pedro, en viéndole llegar, ha pronunciado alzando la oratoria: “¡Abran las puertas de nuestro cielo de Cristo! ¡Adelante este cofrade, que es cruz y guía! ¡Que entre, que se recoja, Manolo, porque todo él, todo en él, todo a través de él, es la Hermandad del Prendimiento!”.
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